25 Mar

Obsolescencia

Escribí en tuiter: “la obsolescencia es algo más humano que computacional”.

Conforme pasa el tiempo me voy convenciendo de la importancia relacional con los objetos circundantes. Cómo se configura el ser de vez en vez por la relación que se establece con las cosas alrededor. Existe una tendencia de alguna manera generada por el sistema de consumo que orienta las necesidades y funciones de la vida cotidiana. ¿Pero hasta dónde esto lleva nuestra manera de vivir? Cuándo la telefonía móvil despuntó me rehusaba a obtener tal aparato porque no coincidía con la idea de entorno privado que me procuraba para mí misma. Casi toda la gente que me rodeaba se molestaba de no poder localizarme y conspiraba para que me hiciera de tal dependencia. Lo más increíble para mí era concebir la idea de la disponibilidad a toda costa que un teléfono celular les daba a mis contactos casi por default por el detalle de la movilidad. Cuando por fin me hice de un aparato fue cuando necesité comunicarme imperiosamente en una situación específica y entonces obedecí o caí en la dependencia por funcionalidad del sistema. Por otro lado mi relación  con la movilidad telefónica no cambio demasiado, mucha gente me reclamaba de no contestar sus llamados en el momento y no entendían la idea de no establecer contacto inmediato conmigo. La idea de mantener un aparato móvil no modificó mi manera de concebir la voluntad caprichosa de la vida cotidiana que llevo. Si quiero contesto, si no, pues me reporto más tarde. Y todavía lo hago así, pero viviendo en dónde vivo este gesto puede interpretarse a veces cómo estar en peligro o ser poco cortés. Obviamente en el entorno laboral esta dependencia hizo del uso del aparato algo más parecido al grueso de los usuarios. Desde hace un tiempo por una u otra razón no voy a tono con la tecnología de última. Siempre voy unos dos o tres años atrás tanto en cuestión computacional como telefónica y periférica. Me gusta observar desde lejos. No compro productos nuevos, casi siempre los adquiero de segunda mano y observo a los otros con sus adquisiciones, me interesa mucho tener un entendimiento más digerido de lo que voy a adquirir, me gusta la idea de personalidad de los objetos de acuerdo al uso que han tenido. Todavía uso una computadora de escritorio antes de la transición de Intel a la marca de la manzana porque funciona perfectamente. Y entonces resulta que en algún momento ya no es posible hacer algunas tareas allí y no porque la máquina sea obsoleta sino porque mi dependencia es la que ha caducado para generar una nueva regida por un sistema de consumo normal y corriente que se mueve hacia “eficientar” la vida. Entonces mi humanidad cómo adjetivo se enlaza con la obsolescencia. Algunos aparatos y máquinas nos observan con recelo porque siguen teniendo vida de uso. Este limbo es jugoso. Es de lo más natural que no posea ni use un teléfono inteligente a estas alturas, lo que más me inquieta es mi inserción en las dinámicas “grupales” de introspección de “captar”, “registrar” y “congelar” los momentos, y de comunicarlo al mundo a distancia. Me encanta observar el comportamiento de mis allegados con sus dispositivos. Por ejemplo el marcaje geográfico o del llamado geodata sin una razón más que la del narcisismo expresivo (como dijo Lipovetsky hace unos días en una conferencia) me parece de lo más absurdo e interesante. Y entonces veo que tengo mis propias maneras de aislamiento e interacción. Ahora mismo me llaman, me requieren y estoy escribiendo este post. La estrategia de análisis del entorno desde la periferia del uso tecnológico hasta la inserción y la expulsión de nuevo a la periferia parece que me funciona para saber cómo mi aparato de comunicación y de relaciones interpersonales muta a través del tiempo con respecto a la sociedad en la que vivo. Me empeño en ser aparentemente obsoleta para el entorno pero fiel a ciertas necesidades de mi propia idea de actualidad. Justo en este momento aparece publicidad en mi navegación que dice ¿su computadora está lenta?

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